El futuro de nuestro pasado (2006)

ESTE CUENTO FUE FINALISTA DEL PRIMER CERTAMEN DE NARRATIVA BREVE SOBRE LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA,

CONVOCADO POR EL FORO POR LA MEMORIA Y LA UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA EN 2006,

Y PUBLICADO EN UN VOLUMEN COLECTIVO CON EL MISMO TÍTULO.

 

© Marta Tafalla, 2006

 

 

 

Entré en el aula, y me recibió el caos. Aquella mañana el alboroto era más ensordecedor que nunca, aunque esta vez, al menos, lo justificaba una buena razón. Después de dos semanas tratando en vano de interesar a una veintena de chavales de catorce años por el arte, había decidido cambiar de estrategia. El día anterior me los había llevado a la biblioteca del instituto, y les había dado completa libertad para escoger la obra de arte que quisieran, de cualquier época o género. Las próximas clases tendrían que impartirlas ellos mismos presentando su obra elegida. Estaban encantados con la ida de convertirse en protagonistas, y su entusiasmo parecía augurar que el curso cambiaría de rumbo. Por ellos y por mí, crucé los dedos para que así fuera.

Lorena se había tomado muy en serio lo de ser profesora por un día. Contemplaba las bromas de sus compañeros, impasible, con los brazos cruzados, desde la altura de la tarima y de sus botas de tacones de un palmo. Lucía una falda oscura hasta los pies, y la larga melena peinada en un moño. Tenía a punto el ordenador y la pantalla, y había cubierto la mesa del profesor con sus apuntes, post-its de todos los colores, y una colección de lápices y rotuladores. Conseguí que el resto de la clase tomara asiento, yo me coloqué de pie en una esquina, e indiqué a Lorena que ya podía empezar. Había leído el texto de su exposición el día antes, y confiaba en que, con un poco de suerte, la clase se desarrollaría bien.

-La obra que voy a mostraros es una fotografía- comenzó -. Su autor se llama Jeff Wall y es canadiense. La obra es del año 2000. Os diré su título después, cuando la hayamos analizado. Las razones por las que me gusta son dos; la primera porque me parece muy bonita, y la segunda porque creo que tiene mucho significado. Ahora os enseñaré sólo la mitad de la foto, y os pediré que me describáis lo que veis.

Lorena proyectó en la pantalla la mitad superior de la fotografía.

-¿Cómo la describiríais?- preguntó.

La imagen mostraba un cementerio en una mañana solitaria. Uno de esos cementerios de inmensos prados donde las tumbas reposan en la tierra, sus lápidas alzándose blancas como el cabezal del último lecho, con el nombre de cada persona recordada y unas palabras de consuelo escritos en la piedra, salpicados por la sombra fresca de enormes árboles y el revoloteo negro de algunos pájaros. El verde del prado y el azul blanquinoso del cielo dominan la imagen, luminosos y serenos, aunque fríos. No hay visitantes, probablemente es todavía demasiado temprano. Pero al fondo sí se distinguen dos hombres en uniforme que parecen ser los jardineros y una larga manguera extendida sobre la hierba; su presencia, verlos cuidar del cementerio, resulta reconfortante. Estoy pensando en lo diferente que sería la imagen sin esas dos figuras cuando me sorprende el gruñido de uno de mis alumnos.

-¡Un cementerio! Nos vas a contar una peli de terror- se ríe Carlos, el más revoltoso del grupo.

-¡Que salgan ya los zombies!- se añade Pablo, su compinche habitual, y ambos comienzan a dar palmadas y armar jaleo.

Lorena se impacienta.

-¿Cómo la describiríais los demás?

-A mí no me gustan los cementerios- protesta Ana, la pecosa de la primera fila -. Vaya obra más rollo que has escogido. La mía es más divertida, ya lo verás.

Por un momento también yo temo que es un comienzo demasiado difícil, y que Lorena no tardará en perder la atención de sus compañeros. Pero me equivoco. Lorena ha invertido demasiadas energías e ilusiones en su exposición, y no va a permitir que nadie arruine su día.

-Entonces os voy a contar lo que veo yo- impone su voz sobre risas y protestas -. A mí me ha gustado esta foto, porque muestra un cementerio muy diferente del de nuestro barrio. El cementerio donde están enterrados mis abuelos es horrible, porque las tumbas son como bloques de pisos, hay siete pisos, y mis abuelos están en el último, así que para ponerles flores hemos de subirnos a una escalera. Y el día de difuntos está tan lleno de gente que no se cabe en los pasillos. Además no hay árboles, y la gente lleva flores de plástico y es una horterada. En cambio el cementerio de la foto es muy agradable.

Lorena mira esperanzada a sus compañeros, que tan sólo le devuelven muecas de impaciencia y algún bostezo. Le hago un gesto para que continúe.

-Ahora os mostraré la imagen entera- anuncia, y al hacerlo, toda la clase abre ojos de asombro.

-¡Qué alucine!- saltan algunos.

-¡Ese fotógrafo está zumbado!

En primer plano se ve una fosa preparada para colocar un nuevo ataúd, el montón de tierra excavada esperando a un lado. Pero en el agujero abierto en la tierra, en ese pequeño espacio que ocupará una muerte humana, ha sucedido algo extraño, algo que simplemente no puede ser, que es como una alucinación, que nos atrapa en el instante de un parpadeo y luego se esfuma otra vez como lo hacen lo sueños. El agujero está lleno de agua, y en él ha germinado un mundo. Peces, anémonas, cangrejos, estrellas de mar e incluso un pulpo llenan ese mundo diminuto y colorista. Sus rojos y dorados brillantes contrastan con los colores fríos que componen el resto de la fotografía. Algunos de los chavales se ponen en pie para mirar mejor, y siguen exclamando su sorpresa.

-¿Qué veis ahora?- pregunta Lorena.

-Eso es trampa, no es una foto- protesta Carlos.

 -No es una única foto- corrige Lorena, que ha preparado especialmente esa cuestión -. Son varias fotos, que el autor ha montado en su estudio. En primer lugar, el artista creó esta imagen en su mente, y después hubo de hacer muchas fotos distintas para poder componerla - explica, mirando de reojo sus apuntes sobre la mesa.

-Pues eso no vale- insiste Carlos, defraudado.

-¿Por qué no ha de valer?

-Porque hacer una foto es hacer una foto, una sola, ¿verdad, profe?

-No necesariamente- le contesto -. ¿Quién inventa las reglas del arte? ¿Recordáis lo que hablamos en la primera clase de este curso?

Ana levanta la mano.

-Son los artistas quienes inventan las reglas del arte- contesta satisfecha.

-Eso es- por un momento dudo si recordarles la teoría de Kant, pero no quiero robarles protagonismo -. La cuestión es si la obra os gusta, y qué os parece que significa.

-¿Qué quieren decir esos peces?- pregunta Ricardo, que continúa de pie, mirando la foto con una mueca de total incomprensión.

-¿Qué creéis vosotros que significan?- le devuelvo la pregunta.

-¿Que los muertos se han convertido en peces?- ríe Carlos.

-A mí me alegra- responde Sonia con timidez desde la última fila-. Los cementerios son lugares tristes, pero éste no lo es.

-¿Y por qué no?- pregunta Lorena.

-Supongo que porque no todo está muerto.

-¿Pero de dónde han salido los peces?- insiste Ricardo.

-Alguien ha ido y ha volcado un acuario, profe- ríe Antonio.

Lorena se impacienta. Normalmente ríe los chistes de sus amigos, pero hoy que le toca llevar la clase, no le hacen tanta gracia. Se pasea por la tarima y les lanza una mirada de autoridad.

-Es una metáfora. No tiene un sentido literal- explica ignorando las risitas de Carlos y sus vecinos de mesa -. Hay que encontrarle el sentido, y a lo mejor hay más de uno.

-Significa que en el lugar de la muerte, ahora hay vida- afirma Raquel completamente convencida -. Por eso es alegre.

-Bravo- aplaude Lorena -. Alguien lo ha entendido. Si yo fuera la profe de verdad te pondría un punto.

-Gracias, aunque no seas la profe de verdad.

-Eso es trampa- protesta Antonio-. Son muy amigas, ¡seguro que le la chivado la respuesta antes de clase!

-No le puede haber chivado la respuesta, porque hay diversas respuestas posibles- intento calmarlo -. ¿Se te ocurre otra idea? ¿Se os ocurren otras ideas a los demás?

-La vida comenzó en el mar- apunta Antonio dudando.

-Así que tal vez la fotografía no trate meramente de vida, sino del origen de la vida- le ayudo a desarrollar su idea.

-Entonces significa que allí donde hay un final, también hay un origen- se suma Raquel.

-¡Eh, esa era mi idea, la estaba explicando yo!- protesta Antonio de nuevo.

Al momento están todos hablando a la vez, pero están proponiendo ideas interesantes, y Lorena apunta algunas de ellas en la pizarra. Pasado el primer mal rato, Lorena luce feliz su entusiasmo sobre la tarima, poniendo orden en las intervenciones de sus compañeros. Luego nos explica el complejo procedimiento con el que Jeff Wall creó esa imagen a partir de fotos anteriores. El interés de sus compañeros crece cuando les narra las dificultades técnicas que el fotógrafo hubo de superar. Yo miro mi reloj; ya ha pasado media hora, y si el nivel de atención se mantiene un rato más, será la primera clase de este curso que finaliza con éxito.

-La fotografía se titula La tumba inundada. Os la he mostrado- continúa explicando Lorena-, para que la próxima vez que vayáis a un cementerio os sintáis menos tristes. Yo me pongo muy triste cuando vamos a ver la tumba de mis abuelos. Mi madre llora cada vez, y yo me siento muy mal. Cuando volvamos al cementerio, me acordaré de las anémonas y las estrellas de mar, y me sentiré mejor. Y ya está todo, profe - acaba precipitadamente -. Ya me puedo sentar.

-Todavía no- le pido, y me dirijo a los demás -. Después de haber discutido el significado de la obra durante todo este tiempo, ¿qué es lo que os parece ahora? ¿Os gusta?

Recorro sus rostros buscando una mirada interesada, y es entonces cuando descubro, al fondo del aula, los ojos de Miguel, encendidos de ira y de desprecio. La forma en que contempla a Lorena es un insulto sin palabras. Baja la cabeza en cuanto percibe mi mirada sorprendida, y yo prefiero fingir que no me he dado cuenta. Pero Lorena también lo ha visto, y le está devolviendo una mirada dolida.

-A Miguel no le gusta nada mi foto- dice en voz alta.

-Déjame en paz- gruñe él.

Hay alguna risita alrededor, pero logro que vuelvan a guardar silencio.

-Ánimo, Miguel- le propongo -. ¿Por qué no compartes tu opinión con nosotros?

-Mi opinión es que esta clase es un tostonazo.

-¿No estás siendo maleducado con tu compañera?

-Es que es una pelmaza, con este rollo de los cementerios.

-Gracias por tu apoyo- contesta Lorena más tiesa todavía -. Ya veremos qué obra de arte nos traerás tú, ¿a lo mejor tu suspenso en mates? Lucirá muy bonito en la pantalla, junto al suspenso en física, en historia…

Hay una explosión de insultos en todas direcciones, y tardo cinco minutos en restaurar el orden. Mientras consigo que se calmen, miro mi reloj y trato de decidir rápidamente qué hacer con el cuarto de hora que nos queda. La opción más prudente sería ignorar la intervención de Miguel y devolver la clase a su cauce. Pero por otro lado, me pregunto si podría intentar resolver esa tensión, si podría despertar la curiosidad de Miguel, si podría... inspiro hondo, y me vuelvo hacia él. Lo más probable es que yo misma acabe conduciendo a la catástrofe la primera sesión que nos había funcionado, pero no puedo dejar que Miguel se marche así de mi clase, sin haber aprendido nada. 

-Verás, Miguel- le digo -, una forma de aproximarnos a una obra de arte, de preguntarnos lo que significa, es relacionarla con nuestras experiencias personales. ¿Por qué no piensas en tus propias vivencias, en las veces que has ido a un cementerio?

-Yo nunca he ido a un cementerio- responde cortante.

 -Porque le da miedo que salgan los zombies- se burla Pablo.

Vuelve a haber risitas, pero al menos me dan tiempo para pensar.

-Bueno, si tú no has ido nunca a un cementerio, entonces al menos habrán ido tus padres, y podrás preguntarles…

-Nosotros nunca vamos al cementerio.

Tengo que alzar la voz para que Carlos y sus compañeros guarden silencio, y mientras los riño, comienzo a temer que no debería haber preguntado nada. Ahora ya no puedo dar marcha atrás.

-¿Quieres contarnos por qué no?- le pido que continúe.

-Yo no sé dónde está enterrada mi familia- responde al final.

Antonio se vuelve hacia él.

-Pregúntaselo a tus padres, tonto- se ríe.

Miguel nos lanza entonces la mirada más furiosa que le he visto nunca, y me arrepiento completamente de haberle hecho hablar. Lo está pasando mal, y según cómo reaccionen sus compañeros, lo va a pasar mucho peor. Tendré que avanzar con cuidado, con mucha prudencia.

-¿Quieres contarnos por qué no lo sabéis?- le ofrezco. 

-De la familia de mi padre no sabemos nada, porque se crió en un orfanato- responde rápido, cortante -. Vivimos con la familia de mi madre, con mis abuelos. Y mi abuela no sabe dónde fueron enterrados sus padres. Los fusilaron y los tiraron en una fosa común en las afueras, pero no sabemos dónde, porque no dejaron ninguna señal. Mi abuela cree que está a la izquierda de la carretera, en la última curva antes de entrar en la ciudad, pero no lo sabemos seguro.

Por primera vez, se hace el silencio en el aula. Sus compañeros han dejado de reírse.

-¿Por qué los fusilaron?- pregunta Lorena con una expresión de horror.

-Fue justo al final de la guerra civil- cuenta Miguel, que sigue lanzando miradas llenas de ira a su alrededor -. Los padres de mi abuela tenían una pequeña librería. Cuando se acabó la guerra, los que ganaron los acusaron de vender libros que animaban al otro bando, y de haber escondido soldados en su almacén. Los juzgaron y los fusilaron en un mismo día. Y no los enterraron en el cementerio, sino en una fosa común, con otra gente. Y no dejaron ninguna señal.

-Pero sí podrás ir al cementerio a ver a los padres de tu abuelo- dice Lorena tratando de animarlo.

Él niega con la cabeza.

-¿Tampoco sabéis dónde están?- pregunta Raquel.

-Sí que lo sabemos, pero mi abuelo no quiere ir. Lo echaron de casa cuando se hizo novio de mi abuela, porque mi abuela era hija de unos fusilados. Nunca se reconciliaron, y cuando sus padres murieron en un accidente, mi abuelo no fue al entierro. No ha ido nunca al cementerio. 

Hay un silencio que nadie se atreve a romper. Yo no deseo intervenir, preferiría que fueran ellos quienes respondieran a Miguel. Pero ninguno se atreve a decirle nada. Al final tomo la palabra. Intento explicarles que el caso de Miguel no es único, ni mucho menos. Que en nuestro país hay muchas personas que ignoran dónde se encuentran los cuerpos violentados de sus familiares. Les cuento que son víctimas de la guerra civil y de la dictadura.

-Pero aunque los fusilaran- pregunta Ana -, ¿por qué no los enterraban en el cementerio?

-¿Porque eran tacaños?- apunta Carlos.

-Para que sus familias no los encontraran- responde Sonia.

-Para que no les pudieran llevar flores- se suma Raquel.

-Y además es como una deshonra, como un insulto- añade Antonio.

-Y no se puede decir que “descansen en paz”- afirma Lorena.

La mirada de Miguel se suaviza un poco ante la inesperada comprensión de sus compañeros de aula.

-Dice mi abuelo- explica -, que es como una tortura psicológica. Que quienes mataron a los padres de mi abuela, además, siguen torturando psicológicamente a mi abuela. Que le han estado haciendo sufrir todos estos años.

Algunos compañeros se levantan de sus sitios, y se sientan sobre las mesas, más cerca de Miguel. Murmullan palabras de apoyo, sin saber muy bien qué decir.

Ana se sienta sobre su mesa de la primera fila.

-¿Y tus bisabuelos también han seguido sufriendo todo este tiempo?- pregunta -. Como no pueden descansar en paz…

-¿Sufren los muertos, profe?- pregunta Antonio.

-Bueno- trato de explicarles -, en algún sentido sufre su nombre, su dignidad. Si queremos contar la historia de su vida, no podemos narrar el final, porque la historia está interrumpida. Sus cuerpos todavía no han encontrado reposo, no están donde deberían estar, y por otro lado, si fueron asesinados, están esperando que se les haga justicia. Habría que concluir sus historias para que dejaran de sufrir.

-Profe, ¿tienen derechos humanos los muertos?- pregunta Sonia -. Dice el profe de ética que todo aquél que puede sufrir dolor ha de tener unos derechos que lo protejan.

-Aunque no pueda hablar para exigirlos por sí mismo- puntualiza  Ana-. Lo dijo el de ética.

-Pero se refería a los recién nacidos, no a los muertos- protesta Antonio.

-No es una pregunta fácil- les intento explicar -, pero sí, supongo que las personas, incluso después de muertas siguen teniendo derechos. Si se puede violentar sus cuerpos y su memoria, entonces deberían tener unos derechos que los protejan. Y desde luego se los está violentando si sus cuerpos son maltratados y lanzados a una fosa común, en vez de ser entregados a sus familias. Y si fueron condenados injustamente, pues tienen derecho a que se reabra su caso.

Miguel tiene la cabeza baja y no dice nada.

Carlos se mueve nervioso en su silla.

-Pero si se trata de sus bisabuelos, quiere decir que hace muchísimo tiempo de todo eso. Hace siglos de eso. ¿No se olvida uno cuando pasa tanto tiempo?

-Eres tonto, Carlos- responde Raquel -. Precisamente porque ha pasado tanto tiempo, a la abuela de Miguel le deberían haber devuelto a sus padres.

-Mi abuela ha vivido toda su vida sin saber dónde están- contesta él entonces -. Y dice que no quiere morirse sin saberlo. Por eso cada año que pasa está más triste.

-¿Y por qué no los han sacado ya de la fosa? – pregunta Antonio -. La guerra ya se acabó, y la dictadura también.

-Ahora tenemos un Estado de derecho- recita Ana.

-Pero entonces, ¿por qué su abuela sigue sin saber dónde están enterrados sus padres?- pregunta Antonio.

Las miradas se vuelven hacia mí, y yo trato de explicarles que la transición a la democracia fue muy frágil, y que para no ponerla en peligro se hizo un pacto de olvido. Pero que ahora, con ya tres décadas de democracia y habiendo entrado en el siglo XXI, sería hora de volver la mirada hacia nuestra historia. Les cuento que la violencia no prescribe, y que muchas víctimas siguen esperando que se les haga justicia. Les hablo de la memoria. Pero mis palabras se vuelven cada vez más abstractas, y ellos me miran como si yo me alejara lentamente. Así que decido dejar que sean ellos quienes continúen.

-Miguel- le pregunto -. ¿Qué crees tú que se debería hacer?

-No lo sé.

-Habría que buscarlos- apunta Sonia -. Además, si hay más personas enterradas en la fosa, habrá más familias que las busquen.

Ana frunce el ceño.

-¿Y cómo los buscamos?

-Podemos preguntar a la gente mayor, alguno recordará dónde está la fosa.

-Pero- interrumpe Ana -, ¿y si resulta que también encontramos a quienes los fusilaron?

Los demás la miran desconcertados.

-¿Y si resulta que quien los fusiló es el bisabuelo de algún compañero de este cole? ¿O de esta clase?- insiste ella.

Todos quedan aturdidos ante la pregunta. Se miran entre ellos y me miran a mí.

-Es verdad, ¿qué haremos entonces?- pregunta Antonio -. Si son la familia de alguien de esta clase, ¿tendremos que pelearnos?

Miguel se encoge de hombros.

-Mis otros bisabuelos eran del otro bando, y no me gustaría que mi familia volviera a dividirse. Pero sí quiero que mi abuela pueda saber donde están sus padres.

Luego se agita nervioso en la silla y mira hacia la puerta del aula. Ha sido muy valiente al contar algo tan doloroso ante toda la clase, pero ahora ya no puede más. Al final me pide si puede salir al lavabo. Sus compañeros lo miran marcharse con inesperado respeto.

-Profe- propone Lorena en cuanto Miguel cierra la puerta tras de sí -, deberíamos ayudarle a encontrar a sus bisabuelos. Podemos enviar una carta al gobierno.

-También la podríamos enviar a los periódicos- añade Antonio.

Lorena, cada vez más segura y entusiasmada en su papel, se sienta a la mesa del profesor, abre su libreta, y comienza a escribir y a recitar: “Señores del gobierno, somos alumnos del Instituto Federico García Lorca. El motivo de nuestra carta…”

Raquel levanta la mano.

-¡Profe! Podríamos enseñarla a todo el cole, y pedir a todos que la firmen.

-Eso, y luego la enviamos a los diarios- insiste Antonio.

Al momento suena el timbre que pone fin a la clase y da inicio al recreo, pero esta vez no salen corriendo del aula. Se acercan a Lorena, y discuten con ella frase por frase lo que está escribiendo. Entienden los conceptos que utilizan tan sólo a medias y no saben nada de legislación, pero han comprendido el problema y son capaces de imaginar soluciones. Cuando Miguel regresa, con el rostro enrojecido y una mirada incómoda, duda si entrar o no en el aula. Sonia le pide que se acerque, y Lorena le lee la primera redacción de la carta. Él los mira tan asombrado que no acierta a decir nada.

Yo salgo del aula sin que se den cuenta. No necesitan un discurso mío como colofón. Después de todo, ésta ha sido su clase, se la han hecho verdaderamente suya. Mientras me dirijo hacia la sala de profesores, rodeada del barullo de chavales de todas las edades trotando por las escaleras hacia los patios, me pregunto qué contará Miguel al llegar a su casa, qué contarán cada uno de ellos esa noche en la hora de la cena. En qué pensarán la próxima vez que vean por televisión un reportaje sobre la guerra civil o documentales sobre otras guerras. No sé cómo reaccionarán sus compañeros de otras clases cuando les lean la carta y les pidan que se sumen a ella. Pero se merecen que confíe en ellos. Después de todo, ellos son los herederos de nuestro pasado, de lo mejor y lo peor de nuestro pasado, y en sus manos está decidir cómo construyen a partir de él su propio futuro. Son ellos quienes deberán resolver las cuentas pendientes que han dejado generaciones anteriores. Aquellas historias de nuestra historia que no fueron terminadas en su momento están esperando que ellos las concluyan. En sus manos está el futuro de nuestro pasado.

  Entro en la sala de profesores, y allí me reciben las mismas caras de siempre. En todas ellas, el mismo estrés y cansancio de luchar con centenares de niños y adolescentes cada día, de pelear por su atención, para que aprendan algo útil, de pelear además con sus padres, con sus familias. Sus miradas pacientes y tozudas recuerdan que ésta no es una profesión fácil. Me pregunto qué dirá mi rostro dentro de unos años.

Me siento entre ellos. Francisco, el catedrático de matemáticas, ha preparado café, y acepto una taza. Con Susan, la profesora de inglés, intercambiamos como siempre galletas rellenas de mermelada y chocolate, y la rechoncha psicóloga del centro nos lanza una mirada reprobatoria mientras mordisquea bastones sin sal.

Luego entra Laura, la directora del instituto. Nos saluda a todos y se sienta a mi lado.

-¿Cómo está nuestra novata?- bromea -. ¿Qué tal tu primer mes con nosotros? ¿Comienzas a aclimatarte?

-La verdad es que estoy sorprendida- le contesto -. Imaginaba este trabajo de otra forma.

-Cuéntame, ¿cómo lo imaginabas?

-Te confesaré algo: cuando me apunté para hacer substituciones en institutos no estaba segura de querer ser profesora. Me encantan los niños, pero me aterrorizaba la idea de pasarme la vida volviendo a explicar otra vez las mismas cosas que mis profesores me habían explicado a mí. Me imaginaba a mí misma como un loro, repitiendo año tras año lo que ya habían repetido mis maestros. No parecía muy emocionante.

-¿Y qué has descubierto ahora?

-He entendido que la educación consiste precisamente en trabajar para evitar las repeticiones. Que el monstruo que combatimos en las escuelas no es la ignorancia, sino la repetición. Que nuestro objetivo es conseguir que las nuevas generaciones no queden atrapadas en nuestros errores.

-Sí, eso es lo que intentamos. Pero no depende sólo de nuestros esfuerzos. En realidad la mayor parte depende de ellos. De que sean capaces de hacer algo nuevo con los conocimientos que les transmitimos.

-Sí, y no hay forma de adivinar lo que harán. La verdad es que este es un trabajo lleno de sorpresas, porque los chavales son imprevisibles.

-Me parece que querrás seguir siendo profesora.

-Bueno, todavía no estoy completamente decidida. Pero lo cierto es que tengo una enorme curiosidad por saber qué pasará mañana.

 

 

 

 

 

La tumba inundada, Jeff WallLa tumba inundada, Jeff Wall

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