Por qué necesitamos una ley de protección de los animales (2007)

 

 

 

CONFERENCIA PRONUNCIADA EN LA JORNADA PARLAMENTARIA CONTRA EL MALTRATO ANIMAL Y LA TAUROMAQUIA,

CELEBRADA EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS, SALA DE COLUMNAS, MADRID, EN OCTUBRE DE 2007.

 

 

   Aunque la cuestión que nos reúne hoy aquí es muy seria, voy a comenzar mi charla contándoles un cuento. Se trata de un cuento escrito por Stanislaw Lem, un escritor polaco de ciencia ficción, que les relataré de forma muy resumida.

   En un lejano futuro, el ser humano domina los viajes interestelares y descubre que en el universo hay miles de planetas poblados por los seres más diversos, muchos de ellos de una gran inteligencia. La mayoría de estas especies se han aliado en una suerte de ONU, la Organización de los Planetas Unidos, y un buen día invitan a un ser humano a una sesión de la asamblea para decidir si incorporan a la humanidad a este organismo. Un representante de la organización pregunta al terráqueo: ¿en qué creen los humanos?, y éste, delante de miles de especies distintas, le responde: creemos que el ser humano es la medida de todas las cosas. No le hace falta decir nada más. Los otros miembros de la asamblea se dan cuenta de inmediato de que otra vez les ha caído otra especie que también se cree que Dios los hizo a su imagen y semejanza, que poseen un alma inmortal que los demás no tienen, etc., etc., etc. Un científico de otro planeta lamenta tener que decepcionar al humano respecto a su origen y su importancia. En realidad, explica, los humanos no son creación divina. Lo que sucedió fue que un par de individuos de una lejana galaxia estaban realizando un largo viaje interestelar, y tenían los contenedores de basura orgánica llenos. Casualmente pasaban entonces junto a un planeta deshabitado, así que vaciaron en él sus contenedores de basura. Uno de los pilotos, resfriado, estornudó sobre los desperdicios. Esos restos de basura y ese estornudo fueron el origen de la vida en la tierra. También le revela que según la clasificación galáctica de las especies, el nombre científico de la especie humana no es Homo Sapiens, sino Cadaverófilo Furioso, por el modo en que destruye la vida en su propio planeta.  


   El cuento de Stanislaw Lem sintetiza mucho mejor que cualquier tratado filosófico la obsesión del ser humano por afirmarse a sí mismo, no sólo como superior a los demás seres vivos, sino incluso de origen radicalmente distinto a cualquier otra forma de vida; la obsesión por afirmar que en nada es comparable a ninguna otra especie animal, y que la singularidad de sus capacidades, de su alma, de su origen divino, lo colocan al otro lado de un abismo infranqueable. Las consecuencias de esa creencia han sido terribles. Ya advertía Kant que la inmoralidad comienza precisamente cuando alguien se quiere a sí mismo como la excepción.


    En realidad, lo único que hace singular al ser humano, es su empeño por considerarse a sí mismo singular. En todo lo demás, hay continuidad. Las emociones o la inteligencia son algo que compartimos, en diferentes grados, con los otros animales. Los animales ríen y lloran como nosotros, aman y odian, se pelean y se reconcilian, sufren y son felices. Los ingredientes de que estamos hechos son los mismos, y lo único que cambia son las cantidades y las proporciones.

    Cierto es que esas diferentes cantidades y proporciones nos han convertido en el animal más inteligente. Pero resulta paradójico que el animal más inteligente sea el único capaz de olvidarse de que es un animal. Durante siglos, cientos de generaciones de humanos olvidaron, en el caso de amnesia colectiva más extenso de la historia evolutiva, que eran una especie más. Por supuesto que el ser humano no tenía el menor parentesco con los elefantes, los delfines o los simios. Los científicos miraban a los chimpancés, los orangutanes, los gorilas, y afirmaban contundentes: no existe ningún parecido entre ellos y nosotros, ¿dónde ve usted el parecido? Descartes consideraba que por supuesto un chimpancé se parece más a un reloj que a un ser humano, mientras se empeñaba en encontrar la glándula por la que el cuerpo humano se comunica con su espíritu inmortal. Durante siglos, el ser humano dijo recordar claramente haber sido creado por varios dioses diversos, y haber caído en este planeta por error, o como castigo, o bien para superar alguna extraña prueba, pero negando siempre que el planeta tierra fuera su verdadero hogar y los otros animales sus únicos compañeros de viaje, añorando siempre una vida futura en algún otro mundo. La actitud del ser humano recuerda en mucho esa actitud de la que suele acusarse a los nuevos ricos. Cuando la especie humana se enriqueció gracias al desarrollo de su inteligencia, del lenguaje, se avergonzó de sus humildes orígenes, y se negó a reconocer como sus parientes a sus hermanos y primos.


   Los árboles, para crecer, necesitan raíces. El futuro, para desarrollarse, necesita enraizar en el pasado. No hay futuro sin memoria de nuestros orígenes y nuestra historia. Y el pasado nos une con el resto de seres de este planeta. Tenemos una historia en común. Somos lo que ellos son. Y nuestro destino es el suyo.


    Darwin nos enseñó a mirar atrás, a recordar de dónde venimos. Gracias a su trabajo y al de muchos otros científicos, hoy sabemos quiénes somos. Pero no olvidemos que Darwin, de su descubrimiento científico, sacó una conclusión moral, formuló de hecho toda una teoría moral. Según Darwin, debíamos ampliar el círculo de la moral para proteger de las injusticias y el dolor, no sólo a todos los seres humanos, sino también a los animales.
    
    La mejor forma de ampliar el círculo de la moral para acoger a los animales es concederles derechos. Al menos un derecho: el derecho a no ser torturado, el derecho a no ser sometido a un trato cruel y degradante. Eso es lo que ya afirmó Rousseau en el Discurso sobre el Origen de la Desigualdad, en plena Ilustración. Y no lo hizo solo. Los pensadores ilustrados, los mismos que llevaron a la madurez la idea de los derechos humanos, reclamaron también el cese de la crueldad contra los animales. Ahí se reúnen las voces de Voltaire, Hume, Bentham, Leibniz. Kant, quien sufría al ver como los campesinos trataban con crueldad a los animales que les ayudaban en el trabajo, creía que el deber de no maltratar animales no era ya hacia los propios animales, sino hacia nosotros mismos. Cada vez que torturamos a un animal, traicionamos nuestra humanidad. Y Kant afirmó, como ya lo había hecho santo Tomás de Aquino, que existe una línea de continuidad entre la violencia contra los animales y la violencia contra los humanos. Y no se puede acabar con la violencia hacia los humanos si no atajamos también la violencia contra los animales.


    Hoy reclamamos aquí al menos este derecho para los animales. A no ser torturados.

    Sé que muchas personas protestarán contra esta iniciativa y nos dirán que no podemos extender los derechos a los animales. Nos dirán que los derechos son algo que sólo puede existir entre seres racionales que se los reconocen mutuamente en relaciones recíprocas. Ese es nuestro modelo de en qué consiste una comunidad moral: en un conjunto de seres humanos adultos, racionales, inteligentes, capaces de expresar y defender sus intereses, que deciden libremente pactar unas normas de conducta. Esos seres humanos pactan sus derechos en una relación de intercambio: cada uno respetará los derechos de los demás a cambio de que los demás respeten los suyos. Ese reconocimiento mutuo de derechos surge del lenguaje, de la reflexión, la autonomía y la reciprocidad.


    Así pues, es comprensible que muchos se pregunten: ¿cómo vamos entonces a ampliar los derechos a los animales? ¿Cómo vamos a conceder derechos a seres que no pueden comprender lo que es un derecho? A seres sin razón, sin lenguaje. A seres que no son agentes morales, que no saben defender sus propios intereses, que no saben hablar de la justicia, y que por supuesto no nos van a respetar a nosotros nuestros derechos humanos a cambio de que respetemos los suyos. Muchos nos dirán: quien no sabe reclamar justicia no la merece, porque no la comprende.
    
    Pero a quienes así argumentan, yo les respondería: ¿diríamos eso mismo de los niños, diríamos eso de los discapacitados psíquicos o de los ancianos con Alzheimer? ¿Diríamos que no se merecen los derechos porque no comprenden lo que son? ¿No será más bien al revés? Precisamente porque los niños no saben que tienen derechos ni pueden defenderlos por sí mismos, precisamente por eso son más vulnerables, son más frágiles, es más fácil hacerles daño, y en consecuencia necesitan mayor protección. 


    Un ser que puede sufrir dolor físico y psíquico, pero que carece de lenguaje para poner voz a su dolor, para reclamar justicia, un ser que no puede ser un agente moral, es por eso mismo la víctima más fácil para la crueldad. Porque no puede defenderse por si mismo. Y si nosotros tenemos lenguaje y somos agentes morales, nuestra responsabilidad es protegerlos.


    De lo contrario, estaremos afirmando que porque nosotros somos agentes morales y ellos no, estamos legitimados para maltratarlos. Y entonces, el hecho de ser un agente moral se convertirá en la excusa para comportarse de forma inmoral.
    
    Como decía Milan Kundera, si queremos comprobar la integridad moral de un ser humano, no nos preguntaremos cómo trata a sus iguales, porque eso es lo fácil. Nos preguntaremos cómo trata a quienes están a su merced, a quienes no pueden quejarse si los maltrata, ni darle las gracias si los ayuda. Quienes dependen de su voluntad y están indefensos ante ella. Precisamente por ello, es ahí donde se juega la ética, es ahí donde se decide lo más importante. La ética se juega en la relación con los niños, con los discapacitados o con los animales. Esa es la verdadera prueba de la moral. Y esa es la prueba que suspendemos cada día.

    Por eso nos hemos reunido hoy aquí. Para pedir a nuestros representantes políticos que nos ayuden a superar esa prueba. Yo se lo pido no sólo en mi nombre, sino también en nombre del centenar de profesores universitarios de filosofía, de derecho, de veterinaria, de pedagogía, de sociología, de físicas y de muchas otras disciplinas que formamos AIUDA, la Asociación InterUniversitaria para la Defensa de los Animales, y que trabaja porque las universidades incluyan los derechos de los animales en sus currículos docentes.


    Hoy estamos aquí, porque con su ayuda podríamos superar esa prueba. Si no, el suspenso puede ser terrible.

    Permítanme terminar con otro cuento.


    En un futuro no muy lejano, Dios pide a Noé que busque una pareja de cada especie animal y los meta en un arca para salvarlos del diluvio. Noé se pone a buscar animales, pero no los encuentra. Los animales salvajes se han extinguido ya. Los animales domésticos han sido tan esclavizados y reducidos a máquinas que ya no son reconocibles como animales. Desesperado, Noé tan sólo encuentra animales en la memoria del pasado. En vez de un arca llena de animales vivos, lo único que logra reunir son recuerdos de animales muertos. En vez de un arca, le queda una biblioteca. El diluvio ya ha tenido lugar. El diluvio hemos sido nosotros.

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