Sobre perros y justicia. A propósito de la prohibición del sacrificio de perros abandonados en Cataluña (2006)

 

 

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA DEL OBSERVATORIO DE BIOÉTICA Y DERECHO DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA, NUM 6, MARZO DE 2006.

 

   En la mayoría de los países del mundo, cuando un perro tiene la mala fortuna de ser abandonado por su dueño, esto es, de ser expulsado del grupo al que creyó pertenecer y al que fue absolutamente fiel, por el que hubiera entregado su vida, se da una situación verdaderamente paradójica. Si el dueño que lo ha abandonado en cualquier cuneta es identificado por las autoridades, deberá, como mucho, saldar una multa. Pero el perro abandonado será, si no encuentra pronto otra familia que lo adopte, condenado a muerte. Así pues, es éste un curioso caso en el que es la víctima quien resulta castigada, y además con la pena más alta de todas. ¿No hay algo injusto en esta situación?


    Esto es lo que se ha planteado la Generalitat de Cataluña, que en la Ley de Protección de los Animales aprobada el año 2003 incluyó, entre otras medidas de protección de los animales de compañía, la abolición del sacrificio de perros abandonados, que entrará en vigor a partir del día 1 de enero de 2007. Ante la inminencia de esa prohibición, y de los debates que se avecinan, la cuestión que quiero plantear en este breve artículo es la siguiente: ¿es una injusticia, es un mal, es un error, sacrificar a un perro abandonado? ¿Puede decirnos la filosofía alguna cosa sobre esto? En un principio podríamos creer que no, que la filosofía sólo se ocupa de grandes preguntas transcendentales como por ejemplo: ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? y que nunca descendería a la concreción de un problema tan pequeño, tan concreto, insignificante, como la injusticia de matar a un perro. Y sin embargo, no es verdad. Filósofos de la talla de Pitágoras, Hume, Kant o Schopenhauer, por citar tan sólo algunos, escribieron sobre lo injusto que resulta maltratar o matar a un perro cuando ya no es querido.


    Por ello intentaré mostrar que existe una íntima relación entre la gran pregunta ¿de dónde venimos? y la pregunta en apariencia insignificante ¿es injusto matar a un perro abandonado? Y trataré de mostrarlo planteando brevemente un par de cuestiones: ¿de dónde venimos nosotros? y ¿de dónde vienen los perros?


1


    Comencemos por la primera: de dónde venimos. Durante buena parte de la historia de la filosofía occidental, los filósofos contemplaron nuestro mundo, nuestro pequeño planeta Tierra, lleno de cosas bellas pero también plagado de violencia, de enfermedad y de muerte, y quisieron soñar para nosotros un origen distinto, superior, quisieron buscarnos un hogar más allá de las estrellas. Durante siglos, los filósofos nos dijeron que los seres humanos no pertenecemos a la naturaleza. Nos dijeron que el resto de seres vivos son sólo materia destinada a la muerte, mientras que nosotros somos en realidad seres espirituales presos en esta materia de forma temporal. Lo importante no era la afirmación de que nosotros tenemos alma, sino, sobre todo, de que el resto de seres vivos carecen de ella, porque ese era el modo de distinguirnos de ellos, de decir que no tenemos el menor parentesco con los otros habitantes del planeta.


    La formulación extrema de este dualismo entre lo espiritual y lo natural, que se traduce en un abismo infranqueable entre el ser humano y la naturaleza, es obra de René Descartes. Contextualizar su idea nos ayudará a entenderla. Descartes vivió en una época, la primera mitad del siglo XVII, dominada por las guerras de religión, una intolerancia de hierro, y una profunda crisis política y económica. En esos años oscuros, y a pesar de sufrir constantes amenazas y presiones de las autoridades, Descartes, inspirado por la revolución científica de Galileo, logró liberar la filosofía de la tutela teológica, acercarla a la ciencia, y crear el primer sistema filosófico moderno. Sin embargo, la voluntad cartesiana de colocar en el centro de su sistema filosófico al ser humano, entendido como un ser racional y libre, le llevó lamentablemente a afirmar una diferencia radical entre el ser humano y el resto de los animales. Mientras que la esencia del ser humano es el pensamiento, que radica en su alma inmortal, en cambio los animales son como máquinas, como relojes, que no piensan ni sueñan, no sienten afecto ni temor, y desde luego no sufren por mucho que se les maltrate.


    En el Discurso del Método, de 1637, cuando Descartes nos habla de los animales acaba con una conclusión feroz: “Después del error de los que niegan a Dios, error que pienso haber refutado bastantemente en lo que precede, no hay nada que más aparte a los espíritus endebles del recto camino de la virtud, que el imaginar que el alma de los animales es de la misma naturaleza que la nuestra.” Tranquiliza saber que la opinión de Descartes sobre los animales fue amplia y contundentemente rechazada por la mayoría de los filósofos posteriores.


Un siglo después, la Ilustración, el momento cumbre de la filosofía moderna, significó alzar la luz de la razón y de la ciencia contra las tinieblas de la superstición, la ignorancia y las imposiciones religiosas. Los ilustrados lucharon contra el Antiguo Régimen en busca de sistemas políticos más justos, defendieron los derechos humanos, se opusieron a la pena de muerte y a la tortura, fueron en muchos casos pacifistas… y de manera completamente coherente tuvieron también una profunda preocupación hacia los animales. Cuando Rousseau formulaba su teoría del Contrato Social, que inspiraría la Revolución Francesa, no se olvidó de incluir que en su ideal de sociedad justa habría que tener en cuenta a los animales: “Parece que si estoy obligado a no hacer ningún mal a mi semejante, es menos por ser un ser razonable que por ser un ser sensible: cualidad ésta que, siendo común al animal y al hombre, debe dar al animal por lo menos el derecho de no ser maltratado inútilmente por el hombre.”
Del mismo modo, cuando Kant desarrolló su teoría ética, considerada todavía la principal teoría ética de la modernidad, incluyó también su preocupación por los animales y puso por escrito su indignación contra quienes matan a sus perros cuando envejecen: “Cuando un perro ha servido durante mucho tiempo fielmente a su amo, he de considerar esos servicios prestados como análogos a los humanos, por lo que debo retribuírselos y procurarle un sustento hasta el final de sus días cuando ya no pueda servirme más, en tanto que con este comportamiento secundo mis deberes hacia la humanidad tal y como estoy obligado a hacer. (...) Tenemos deberes para con los animales, puesto que con ellos promovemos indirectamente los deberes para con la humanidad. Según esto, cuando alguien manda sacrificar a su perro porque ya no puede seguir ganándose el sustento, no contraviene en absoluto deber alguno para con el perro, habida cuenta de que éste no es capaz de juzgar tal cosa, pero sí atenta con ello contra la afabilidad y el carácter humanitario en cuanto tales. (...) Aquél que se comporta cruelmente con ellos posee asimismo un corazón endurecido para con sus congéneres. Se puede, pues, conocer el corazón humano a partir de su relación con los animales. (...) Cuanto más nos ocupamos de observar a los animales y su conducta, tanto más los amamos, puesto que tenemos ocasión de ver cómo cuidan de sus crías; de esta forma ni siquiera seremos capaces de albergar pensamientos crueles hacia el lobo.”


    Los ideales ilustrados lograron derrocar el Antiguo Régimen, instaurar nuevos sistemas políticos, dotar a algunos Estados de las primeras Declaraciones de Derechos Humanos, y dar un impulso fundamental para la consecución de sociedades más justas y libres. Ese impulso también significó una difusión de las ideas de protección de los animales, que a lo largo del siglo XIX se generalizarían en algunos países. Inglaterra, el país que había sido la cuna del pensamiento ilustrado, fue también el primero, durante el siglo XIX, en prohibir ciertas formas de maltrato de animales y en crear en 1824 la primera sociedad contra la crueldad hacia los animales: The Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals. Ese movimiento quedaba, claro está, muy lejos de nuestro país, que apenas llegó a conocer la Ilustración, y que durante el siglo XIX vivió una época de nefasta pasión taurina.


Así pues, los ilustrados se ocuparon ya de negar las tesis de Descartes. Pero para encontrar la refutación completa que Descartes se merecía, la demostración más allá de toda duda del error que entrañaban sus palabras, hemos de esperar a 1859: el año en el que Charles Darwin publica El origen de las especies.


     El descubrimiento de Darwin, cuyas pruebas empíricas desmienten sobradamente las especulaciones metafísicas de Descartes, substituye esa imagen terrible del abismo insondable que nos separa del mundo natural por otra imagen mucho más bella: la del árbol de la vida. La especie humana es la última rama, la más reciente, quizás la que ha crecido más alta, pero también la más frágil, del árbol del que brotan todas las criaturas. Darwin no sólo nos muestra nuestros orígenes en el mundo natural, sino que nos enseña a maravillarnos de la naturaleza. Tras décadas de observaciones, concluye que muchos animales comparten con nosotros algunas facultades que habíamos creído exclusivamente humanas. En su obra El origen del hombre, publicada en 1871, recogerá con todo detalle que los animales son capaces de sentir dolor, temor, afecto, celos, rencor, venganza, burla, curiosidad, nostalgia, amor, y desde luego son inteligentes.


    Darwin se hubiera maravillado, pero no se hubiera sorprendido, si hubiera podido comprobar lo que nos cuentan los chimpancés o los gorilas ahora que hemos aprendido a comunicarnos con ellos. La incapacidad de los grandes simios para usar nuestro lenguaje oral dejó de ser un obstáculo cuando en los años 70 una serie de investigadores, R. A. Gardner, B. T. Gardner, Deborah Fouts y Roger Fouts, optaron por enseñarles el lenguaje manual de los sordos: desde entonces, un número significativo de chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes nos han demostrado que son capaces de conversar con nosotros y entre ellos. Cuando la gorila Koko nos cuenta que ella sabe que los gorilas cuando llegan a viejos se mueren, o que morir es como dormir; cuando se inventa chistes para hacer reír a sus cuidadores, cuando en cambio se enfada y los insulta, cuando les miente, cuando intenta enseñar su lenguaje a sus muñecos, o cuando dice de sí misma que ella es una gorila guapa y lista, tan sólo está mostrando lo que Darwin ya había explicado. Que los humanos y el resto de los animales pertenecemos a la misma familia. Que la respuesta a la vieja pregunta: ¿de dónde venimos? siempre ha estado aquí.


2


    Tenemos pues una pista muy importante para entender de dónde venimos. Y ahora nos falta la segunda pregunta: ¿de dónde vienen los perros?


    Cuando la especie humana apareció en este planeta no existían los perros, existían los lobos. En realidad la especie de los perros nace de la domesticación de algunos lobos hace más de 100.000 años. Pero domesticación no es la palabra adecuada. Los perros son el fruto de una historia primigenia de amistad entre algunos lobos y algunos humanos.


    Lobos y humanos nos parecemos muchísimo. En el paleolítico, ambas especies vivían en pequeños grupos familiares cohesionados en una estructura jerárquica y con fuertes lazos afectivos y de fidelidad. Grupos donde reinaba el altruismo recíproco, cuyos miembros arriesgaban la vida unos por otros. Cuando lobos y humanos comenzaron a colaborar en la caza fue evidente lo bien que se comprendían y eran capaces de convivir. Un lobo criado entre humanos comprende las reglas de conducta, las respeta, y desarrolla afecto y fidelidad hacia ellos. Se integra en un grupo humano como si fuera su manada, con toda naturalidad.


    De esa amistad nacieron los perros. Y es por eso que tenemos con ellos una responsabilidad especial. Por supuesto que cualquier forma de crueldad hacia cualquier animal es injusta. Pero con los perros tenemos una responsabilidad añadida, porque son los hijos de esa promesa de amistad que nuestros antepasados les hicieron a algunos lobos. En miles de años, los perros jamás han faltado a esa promesa que nos hicieron sus ancestros. Y en cambio nosotros sí les hemos fallado.


    Y fallado de manera doble. Por un lado, con los lobos. Nuestro viejo amigo de los tiempos de la prehistoria, ha entrado en la historia humana como el enemigo, el malo de los cuentos, la alimaña a destruir, perseguida y cazada sin piedad.


    Y por otro lado, hacia el perro. Su domesticación, su fidelidad incondicional incluso cuando se lo maltrata, su docilidad y su afecto, lo convierten en muchos casos en el animal más vulnerable a todo tipo de maltratos. En China o Corea se los cría en condiciones infernales para comerlos. Aquí todavía no hemos llegado tan lejos, no tratamos a los perros como alimento. Pero sí los tratamos como mercancías que tienen un precio, que se venden y se compran. Los perros, como cualquier otro animal de compañía que entran a formar parte de un hogar, deberían ser adoptados, como se adopta un niño, y no comprados como una propiedad. Porque además, una propiedad, cuando ya no es querida, ¿en qué se convierte? Las propiedades que ya no queremos se convierten en basura. Y es como basura que se trata a los animales a los que se abandona. Por eso no son extrañas esas noticias de basureros que se encuentran perros o gatos en los contenedores. La lógica de comprar un animal como si fuera un objeto es la misma lógica que lleva a tirarlo cuando deja de gustar.


    Pero además, a estos animales a los que abandonamos, normalmente les espera la muerte. Cuando ya no los queremos, castigamos con la muerte a seres que darían su vida por nosotros. A seres que a veces se dejan morir cuando su amo fallece. Matar a esas criaturas es injusto por muchísimas razones: porque sufren física y psíquicamente, porque ellos sí nos quieren, porque estamos fallando en nuestra vieja promesa, porque ellos darían su vida por nosotros, y también porque si siguen vivos podrían quizás incluso salvar vidas. De esta última posibilidad nos ocuparemos en la parte final de este artículo.

 


3


    No son animales de compañía lo único que abandonamos. También hay padres que abandonan a sus niños, e hijos que abandonan a sus padres. Por eso me admira como una forma de justicia poética esa solución que ya se ensaya en algunos lugares, llevar esos perros abandonados que lo único que ansían es una familia a la que pertenecer, alguien a quien querer, a esos abuelos necesitados de afecto solos en sus casas o en residencias, a esos niños a los que nadie quiere adoptar porque están enfermos o son demasiado mayores, a los niños que viven su infancia en hospitales, a los discapacitados psíquicos, a los adolescentes que han caído en la delincuencia y a los que los reformatorios tratan de reinsertar, y a tantos otras personas que necesitan una segunda oportunidad. Hay muchas personas que viven en los márgenes de la sociedad, muy solas y muy desesperanzadas. Algunos estudios revelan que las personas mayores que tienen animales de compañía gozan de un mejor estado de salud, están más alegres, y viven más años; y que adolescentes que han tenido una vida de delincuencia son capaces de desarrollar historias de amistad con un perro o un gato. En algún sentido, los animales los salvan de una existencia triste y solitaria, les devuelven la alegría de estar vivos, les enseñan a jugar, a confiar,  y también a hacerse responsables y a cuidar de otro ser vivo. Deberíamos promover esos encuentros entre personas que necesitan a alguien que les ofrezca un poco de esperanza y a los animales que pueden dársela. El concepto de “terapia con animales”, que defienden cada vez más especialistas, es claro: un perro no sólo es un animal de compañía en el sentido más plano de la expresión, sino que puede ser también un verdadero amigo para muchas personas que necesitan alguien que les ayude a superar sus problemas, que confíe en ellas sin juzgarlas, que les dé un cariño incondicional.


    Creo que éste es un aspecto clave cuando analizamos la injusticia de sacrificar perros abandonados. Quienes se oponen a la prohibición del sacrificio, pretenden asustarnos describiendo imágenes de perreras abarrotadas con miles de animales a los que no espera otro destino que el confinamiento perpetuo. Pero ésa no tendría por qué ser la situación. Tener miles de perros en perreras sería desperdiciar la ayuda que podrían llevar a tantos centros para ancianos, escuelas, prisiones, reformatorios, hospitales, a todos aquellos lugares donde pueden aportar su sabiduría y su afecto para hacer más felices las vidas de algunas personas.


    Dejar de matar a los animales abandonados podría significar no sólo salvarles sus vidas, sino también concederles la oportunidad de salvarles la vida a algunos humanos y de recuperar así un viejo pacto de amistad.     

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